Espectáculos: Santiagueño de Pura Cepa!!! Feliz cumpleaños Juan Saavedra
26/09/2016
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Juan Saavedra, más conocido como “el bailarín de los montes” es el máximo referente de la danza de proyección en Santiago del Estero.
Como
percusionista y bailarín, formó parte de “Los Santiagueños” junto a
Peteco Carabajal y el inolvidable Jacinto Piedra; grupo musical
considerado como uno de los revolucionarios del folklore a mediados de
la década del ´70 y del 80. Vivió en Francia y bailó en los principales
escenarios de Europa.
Junto a Sandra Farías, su compañera de
danza y de la vida, y una agrupación de jóvenes y virtuosos discípulos
santiagueños, recorre el país dictando seminarios de danzas y
participando en los festivales más importantes de Argentina.
Humilde
como todos los grandes, se encontró con nosotros una noche de verano
en Santiago del Estero, luego de un ensayo. Mantuvimos una extensa
conversación e hicimos un paso por su historia, sus viajes y sus
principales anécdotas. Además, opinó sobre la realidad por la que
atraviesan los músicos independientes y los trabajos que realiza en
conjunto con todos ellos.
Mudanzas de fuego despiertan la tierra y sus sonidos ancestrales. Los
brazos se sacuden como el sauce ante los vientos llaneros, y el giro
final clava su cuerpo, la mirada, el silencio, recibiendo aplausos de
pie.
La imagen se repite en Santiago del Estero, en Oriente Medio, en África,
en Europa. “Qué sueño ese de teletransportarse, hermano. Si se pudiera
hacer así como en los dibujos que miran los changuitos, y regresar a dar
un abrazo a los amigos del camino, de tantos lugares bellos”, añora el
Bailarín de los Montes, “nacido en la Salamanca”, agrega la chacarera
que le ha sido escrita en su nombre.
Nada menos: cuenta la leyenda que allí en la Salamanca es donde se
adquieren las destrezas del baile, los instrumentos, y las artes de
conquista para ganar el corazón de alguna moza. Más allá de los mitos,
podría definirse a Juan Serafín Saavedra como un bailarín de alma, que
se mueve, ríe y contagia en cada taller, muestra o presentación, con la
alegría poderosa de los 17 años (pese a tener 50 más).
Nacido en medio de una familia de músicos y amantes de las danzas, desde
chico llevó esa impronta en el cuero, junto a los repiques del bombo y
los zapateos endiablados. El correr del tiempo y el paso de las
experiencias supieron darle más armas, y sin perder la sencillez de la
tierra santiagueña, bailó su magia en París, mezclando el mistol y la
algarroba con los cafecitos del Moulin Rouge, y el lenguaje de la
chacarera con los ritmos más curiosos.
Hoy se lo recibe como un amigo-maestro en cada lugar al que llega, como
el máximo referente de la danza folclórica de proyección y un
revolucionario de la expresión corporal a nivel nacional e
internacional. Pero sobre todo, como un hombre generoso, capaz de
estimular la chispa latente del baile hasta en los más pata dura.
-¿Qué te une con la danza?
-La emoción, el goce, el compartir. Creo que es algo muy
santiagueño: vos sabes que cuando se escucha una chacarera hay una
necesidad de bailar. Lo ves en los changuitos, que pareciera que juegan a
bailar, como mi hijo Nazareno.
-¿Y se puede enseñar un sentimiento, más allá de una coreografía?
-El sentimiento es natural. Sí, se puede ayudar a destrabar
los bloqueos del flujo de la energía interna, causados por traumas o
emociones que impidan vibrar, y así florecer el sentimiento. Pero no se
puede crear lo que la naturaleza no te ha dado. Hay que contar con una
condición emocional que nos haga ilusionar y ver lo invisible.
Y el sentimiento, felizmente, está en la mayoría de nosotros: el humano
percibe y tiene posibilidad de asombrarse de cosas que están más allá de
lo concreto. A partir de ahí, podemos agregar cuestiones técnicas que
sumen recursos de movimiento y expresión, y aumentar la creatividad. Por
ejemplo las creaciones hermosas que han hecho nuestros ancestros, como
la gama extensa de mudanzas de zapateo, hoy son recogidas como base de
toda la creación contemporánea.
-¿El “deber ser” influye en esas trabas?
-A nivel cultural, claro. Lo dominante ha creado las dos
máscaras del teatro, y fija reglas de lo que es más o es menos, visiones
muy equivocadas de la vida. La historia muestra cómo se ha
desnaturalizado a los pueblos para una mayor utilización. Si eso no se
combate, te chupa. Por eso es importante recordar que uno es individuo
pero en relación con el resto, con el conjunto.
-¿Qué hay de particular en el baile santiagueño?
-El santiagueño es sencillo, y baila como es, con un fuerte concepto de
lo barrial en el cuerpo. Está ligado a su geografía, a su hábitat e
historia. Pero ojo, algo similar pasa en otras regiones, por ejemplo con
el tango en Buenos Aires. Lamentablemente, se está depredando y
cambiando la realidad profunda de algunos lugares: un mistol no es un
paisajismo; el mistol está cargado de memoria, de belleza, de dulzura.
Dentro de los propios bailarines de Santiago, que están en un proceso de
profesionalización, puedes reconocer quién está más ligado a la
naturaleza, quién tiene más cerca la memoria. Uno es “Lito” Tijera, que
ha bailado con mi hermano Carlos, con el “Guaso” Sosa y otros grandes.
Vos puedes verle el gesto de la gente común, que va a bailar por placer,
no para su ego, y lo hacen como si estuvieran en su casa, en el patio
del Indio Froilán o en un baile para miles de igual modo.
Orígenes
Como decía Don Juan Matos, el guía de Carlos Castaneda, “el
camino hacia el futuro, no es más que el regreso hacia los orígenes”,
recuerda Juan Saavedra. Y si bien sus padres transmitieron la cultura
musical a sus hijos, hay que remontarse al pasado y hablar de su hermano
Carlos, experto bailarín y zapateador, un visionario. En un reportaje
con Laura Falcoff, del diario Clarín, contó cómo fue fusionando las
enseñanzas y bailes familiares con el carnaval, cuando pispeaba a
gauchos bien ataviados.
“Había una academia que se llamaba El Rancho, y en la entrada ponían un
biombo para que los que pasaban por la calle no miraran. Yo me tiraba
panza al piso y lo único que veía eran los pies de los bailarines. Así
aprendí”, recuerda Carlos, que comenzó a trabajar en Buenos Aires en
1951 junto al armoniquista Hugo Díaz, tocando el bombo y bailando con la
esposa de Díaz. Poco después formaría con su hermano Juan, y más tarde
con sus hijos Koki y Pajarín, el grupo Los Indianos, que brilló en
Europa, en varios países árabes, en Nueva York y en Montecarlo, actuando
especialmente para el príncipe Rainiero y su familia.
Pero, y pese al éxito, la nostalgia pudo más, y los trajo de regreso, a
compartir clases y talleres, codeándose con otros talentos como Santiago
Ayala, “el Chúcaro”, disfrutando de la experiencia, sin perder los
orígenes: “Hugo Díaz me decía que yo tenía que bailar para los que
podían pagar para verme y también para los que no. Gracias a Dios tenía
medios de movilidad, y nos largábamos con mi hermano Juan. Teatros no
habría, pero siempre había un club; si no, una escuela. Peteco Carabajal
y Jacinto Piedra también hacían esos viajes, y nadie cobraba un peso;
sólo lo que la gente tuviera voluntad de dar: si era nada, nada”,
recordaba Carlos en el reportaje.
Los Saavedra volvían a las vivencias que tuvieron de niños, creciendo en
un entorno donde el baile fue integrador familiar, y algo siempre a
compartir. Maximiliano Guerra, otro patrimonio de la danza nacional,
describió así a Juan, con quien compartió escenario hace un par de años
junto a su compañía El Ballet del Mercosur: “Es gran sentimental, un
gran pasional de la danza, que es lo que soy yo también. Somos dos
animales de entrega, y eso la gente lo siente”. Junto a Sandra Farías,
compañera de danza y vida, hoy Juan Saavedra recorre el país dictando
seminarios, talleres y participando en los festivales más importantes de
Argentina, transmitiendo el misterio del baile en coreografías
estilizadas y de proyección, acompañado también por Jesús y Nazareno,
sus hijos.
-¿Qué lugares, culturas, danzas, te marcaron?
-Las de la India sobre todo. Algunas danzas allí incluyen
onomatopeyas hechas con la boca y golpes de tabla, que son respondidas
con zapateos. Algo de una belleza inexplicable. Los gestos, los ojos,
las expresiones, te están diciendo historias. En África me ha asombrado
la vitalidad y el apego a la tierra, a las creencias que llevan dentro.
De Siberia recuerdo a unas mujeres que imitan el canto de las gaviotas… y
ni hablar de algunos bailarines que he visto, como Joaquín Cortés, los
flamencos, los griegos, el Cirque du Soleil (NdR: no va a decirlo, pero
el número que aún hoy hace la compañía con boleadoras, fue creado por
él). Claro que después de tanto viaje he regresado y he visto a algunos
zapateadores santiagueños, que no puedo contarte hermano: me han hecho
llorar, me han hecho sentir digno de ser santiagueño, y de vivir para
verlo.
-¿El perfeccionamiento y la experiencia, no atentan contra la
simpleza del baile, contra esa sabiduría popular que se trae de niño?
-He hablado con directores de ballet, investigadores y
bailarines, y es el gran tema. No es fácil, sobre todo a nivel de
descolonizar la estética, la mirada que dice qué es bello y qué no. Hay
que comprender que nada es fijo: hoy en Santiago se baila guaracha, y
eso tiene que ver con la cumbia latina, con un latido de América con el
que estamos hermanados. El bombo, que hoy es parte de nuestro sentir, no
era de aquí: era de África. Pero, ¿quién va a decirnos que esa
resonancia no está en nuestro pecho? No hay que tener miedo, sino
inteligencia, amor y espíritu para trabajar e ir evolucionando desde las
raíces. ¿Para qué está una raíz si no es para crecer y desarrollarse?
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